Rastafari: qué es el movimiento, su historia y sus símbolos

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Rastafari: qué es el movimiento, de dónde viene y qué defiende

Casi todo lo que el público europeo asocia al rastafari cabe en dos imágenes: el peinado y el humo. Es un resumen tan extendido como equivocado, y deja fuera precisamente lo que da sentido al conjunto.

El movimiento rastafari es un movimiento religioso y político nacido en la Jamaica de los años treinta, con una historia documentada, una teología propia y una disciplina de vida que en buena parte contradice el estereotipo. Este artículo cuenta esa historia.

Qué es el rastafarismo

El rastafarismo es un movimiento espiritual y social surgido entre la población afrodescendiente jamaicana en la primera mitad del siglo XX, en un contexto de pobreza, desigualdad y memoria reciente de la esclavitud.

Combina una lectura propia de las escrituras con una reivindicación de la identidad negra y africana. No cuenta con una estructura eclesiástica centralizada ni con una autoridad única: se organiza en corrientes o «casas» con acentos distintos, lo que explica que las descripciones que circulan no siempre coincidan.

Sus dos coordenadas fundamentales son Etiopía como referencia espiritual y territorial, y el rechazo del sistema social que sus seguidores identifican con la opresión histórica de los pueblos africanos, al que dan el nombre bíblico de Babilonia.

Telas de trama gruesa con flecos, en verde, amarillo, rojo y negro, apiladas sobre una mesa

2 de noviembre de 1930: el hecho fundacional

El movimiento tiene una fecha de origen precisa, y de ella procede incluso su nombre.

El 2 de noviembre de 1930, Ras Tafari Makonnen fue coronado emperador de Etiopía con el nombre de Haile Selassie I. El término «Ras» es un título nobiliario etíope, equivalente aproximado de príncipe o duque, y «Tafari» era su nombre propio: de la combinación de ambos nace la palabra rastafari.

Para entender el impacto de aquella coronación hay que situarla. En 1930, prácticamente toda África estaba bajo dominio colonial europeo, y Etiopía era la gran excepción: un Estado africano independiente, con una monarquía que reivindicaba una continuidad dinástica milenaria. La imagen de un soberano negro coronado con toda la solemnidad imperial, en un continente ocupado, tuvo una resonancia enorme al otro lado del Atlántico.

En Jamaica, un sector de la población interpretó el acontecimiento en clave profética y vio en el nuevo emperador una figura de significación religiosa. De esa lectura nació el movimiento.

Hay un episodio posterior que marcó la historia del rastafarismo. En abril de 1966, Haile Selassie visitó Jamaica en el marco de una gira por el Caribe. La multitud que acudió al aeropuerto a recibirlo fue de tal magnitud que el descenso se retrasó considerablemente, y la jornada quedó fijada en la memoria del movimiento como uno de sus momentos centrales.

El propio emperador, y es un dato que se olvida, pertenecía a la Iglesia ortodoxa etíope y nunca reivindicó para sí el papel que una parte del movimiento le atribuía. Es una tensión que los estudiosos del rastafarismo señalan con frecuencia y que sus corrientes han resuelto de maneras distintas.

El panafricanismo y el regreso simbólico a África

El terreno estaba preparado. Durante los años veinte se había difundido en el Caribe y en Estados Unidos un pensamiento panafricanista. Reivindicaba la dignidad y la unidad de los pueblos africanos y de su diáspora, y planteaba el regreso a África como horizonte político y espiritual.

El rastafarismo recogió ese impulso y le dio una forma religiosa. La Etiopía de los textos bíblicos se convirtió en tierra prometida, y el retorno, entendido a la vez como proyecto material y como recuperación de una identidad negada, en una de las ideas centrales del movimiento.

La dimensión política merece un subrayado, porque es la que más se pierde en la versión popular. El rastafarismo nació como resistencia: una respuesta cultural y espiritual de una comunidad empobrecida que reclamaba una historia propia frente al relato colonial.

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Los símbolos: el león de Judá, los colores y la bandera

La iconografía del movimiento es reconocible en todo el mundo, aunque su significado suele perderse por el camino.

El león de Judá es el símbolo más importante. Procede de la tradición dinástica etíope, que remontaba el linaje imperial a Salomón y a la reina de Saba, y figuraba en la titulatura oficial del emperador. Su adopción por el movimiento condensa en una sola imagen el vínculo entre Etiopía, monarquía, escritura e identidad negra.

Los colores tienen también una lectura establecida.

ColorQué representa
VerdeLa tierra y la fertilidad africana
Amarillo o doradoLa riqueza del continente
RojoLa sangre derramada en la historia de la opresión
NegroEl pueblo africano, añadido con frecuencia a los tres anteriores

No son colores elegidos por gusto cromático: proceden de la bandera etíope, el emblema del único Estado africano que no fue colonizado, y esa procedencia es todo el mensaje.

Babilonia y el lenguaje propio

Pocas cosas describen mejor un movimiento que las palabras que inventa, y el rastafarismo desarrolló un vocabulario propio bastante elaborado.

El término central es Babilonia, tomado del Antiguo Testamento, donde nombra el imperio que sometió y deportó al pueblo de Israel. En el uso rastafari designa el sistema de dominación política, económica y cultural que sus seguidores identifican con la herencia colonial y con las instituciones que la prolongan. No es una metáfora vaga: funciona como categoría de análisis social.

Frente a Babilonia se sitúa Sión, la tierra de Etiopía como destino y como promesa.

El movimiento fue más lejos y reformó también el lenguaje corriente, sustituyendo palabras cuya sonoridad consideraba portadora de una carga negativa. La expresión más conocida es «I and I», que se emplea en lugar de «nosotros» y expresa la idea de que quien habla nunca lo hace en solitario, sino en unidad con los demás y con lo divino. Es una operación deliberada: transformar la lengua para transformar la manera de pensarse.

Cambiar las palabras para cambiar quién se es: esa fue la apuesta.

Ese trabajo sobre las palabras revela una preocupación teórica que la imagen popular del movimiento no deja ni sospechar.

Las rastas: un signo religioso, no un peinado

Aquí está el malentendido más frecuente, y merece una explicación completa.

Las dreadlocks o rastas no son una moda estética ni un rasgo étnico general: son un signo religioso con una justificación escrituraria. Sus portadores las vinculan a los pasajes bíblicos sobre el voto nazireo, que prescribía no cortar el cabello como señal de consagración.

A esa base se añade una dimensión identitaria. Dejar crecer el cabello en su forma natural, en un contexto social donde se esperaba lo contrario, constituía una afirmación deliberada de identidad y un rechazo de los cánones impuestos. Era, literalmente, llevar la postura política en la cabeza.

De ahí que en la tradición del movimiento el cuidado del cabello responda a reglas y no a la dejadez. Su adopción como accesorio de moda, desligada de todo lo anterior, resulta para muchos seguidores un vaciamiento del signo.

Una disciplina de vida que contradice el estereotipo

Este es el punto que casi ninguna descripción popular recoge, y es el que más cambia la imagen del conjunto.

La tradición rastafari incorpora una disciplina de vida exigente. Existe un régimen alimentario propio, conocido como ital, basado en alimentos naturales y poco procesados, con rechazo de la carne en muchas corrientes y una preferencia marcada por lo simple y lo íntegro. Se extiende a la abstención del alcohol y del tabaco, y a una desconfianza general hacia lo que se considera artificial o corrupto.

A ello se suma la defensa del autocontrol, el rechazo del materialismo y una crítica explícita del hedonismo. La cultura rastafari se presenta a sí misma como una vía de rigor, no de indulgencia.

Ese rasgo choca frontalmente con la caricatura extendida, y es una de las razones por las que muchos seguidores consideran que el movimiento ha sido tan popularizado como malentendido. Su imagen mundial se construyó sobre lo más superficial de su iconografía.

La palabra ital, que designa ese régimen alimentario, procede de la misma operación lingüística descrita más arriba: es una reformulación de «vital», con la que se busca subrayar lo que hay de vivo y de íntegro en el alimento. La coherencia entre la teoría del lenguaje y la práctica cotidiana es, en este movimiento, bastante mayor de lo que se le suele reconocer.

Merece señalarse también la dimensión comunitaria. Las reuniones, la deliberación colectiva y la transmisión oral de la doctrina ocupan un lugar central en un movimiento que carece de clero y de textos normativos propios: lo que sostiene la tradición es la comunidad que la practica.

Puesto de mercado al aire libre con fruta y verdura en cestas de mimbre y una vendedora de espaldas

La planta en la tradición rastafari

Ninguna descripción honesta del movimiento puede omitir este capítulo, y lo tratamos con precisión.

En la tradición rastafari, la planta tiene un valor sacramental. Las fuentes antropológicas la describen asociada a la meditación y a las reuniones comunitarias, y sus seguidores la vinculan a pasajes bíblicos sobre las hierbas de la tierra. Ese uso se entiende dentro del movimiento como un acto religioso, integrado en su tradición espiritual.

Esa distinción es central para sus propios seguidores, que la formulan con insistencia: el uso ritual está desprovisto de finalidad hedonista y se inscribe en la misma disciplina descrita en el apartado anterior. Las corrientes del movimiento difieren además entre sí en el peso que le atribuyen, y no todas coinciden.

Lo que aquí ofrecemos es una descripción etnográfica de una creencia ajena, documentada por la literatura sobre el movimiento. No es una descripción de prácticas ni una recomendación de ninguna clase.

Una precisión terminológica: el término ganja, de origen indio y llegado al Caribe con la migración procedente del subcontinente, es el que emplea habitualmente esta tradición. Su recorrido lingüístico lo contamos aparte.

Lea también: ¿Qué significa la palabra «ganja»?

El reggae llevó el movimiento al mundo

Si el rastafarismo es hoy conocido en todo el planeta, se debe en gran medida a una música.

El reggae nació en la Jamaica de los años sesenta y se convirtió en el vehículo de difusión de las ideas del movimiento. Sus letras incorporaron el vocabulario, los símbolos y las reivindicaciones rastafari, y los llevaron a públicos que nunca habrían accedido a ellos por otra vía.

El reconocimiento de ese peso cultural es oficial. En 2018, la UNESCO inscribió la música reggae de Jamaica en la Lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, reconociendo su contribución al debate internacional sobre injusticia, resistencia y humanidad.

La figura que más contribuyó a esa difusión fue, naturalmente, Bob Marley, cuya trayectoria contamos en un artículo propio. Aquí basta con señalar su papel: fue el altavoz que convirtió un movimiento local en una referencia global.

El rastafarismo hoy

Casi un siglo después de aquella coronación, el movimiento sigue vivo y se ha extendido mucho más allá del Caribe, con presencia en África, en Europa y en América.

Su evolución ha sido desigual. Por un lado, ha ganado reconocimiento como fenómeno religioso y cultural con historia propia, y es objeto de estudio académico. Por otro, su iconografía se ha desligado de su contenido hasta convertirse en repertorio decorativo, un proceso que sus seguidores viven con incomodidad comprensible.

Entre ambas cosas queda lo esencial: un movimiento nacido de una comunidad empobrecida que construyó, con los materiales que tenía a mano, un relato de dignidad. Esa es la parte que el estereotipo no cuenta y que merece conocerse.

Su influencia, además, excede con mucho el número de sus seguidores. El vocabulario del movimiento, sus colores y buena parte de su imaginario forman hoy parte del repertorio cultural común en países donde casi nadie sabría explicar quién fue Ras Tafari Makonnen. Pocos movimientos religiosos surgidos en el siglo XX han dejado una huella comparable fuera de su ámbito de origen.

Conocer el origen de esas imágenes no es erudición inútil: es la diferencia entre repetir un cliché y entender de qué se está hablando.

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Preguntas frecuentes sobre el rastafarismo

¿Qué es el rastafarismo?

Un movimiento religioso y político surgido en Jamaica en los años treinta entre la población afrodescendiente, que combina una lectura propia de las escrituras con la reivindicación de la identidad africana y toma a Etiopía como referencia espiritual.

¿De dónde viene la palabra rastafari?

De Ras Tafari Makonnen, nombre del emperador etíope Haile Selassie I antes de su coronación en 1930. «Ras» es un título nobiliario etíope y «Tafari» su nombre propio.

¿El rastafarismo es una religión?

Se considera un movimiento religioso, aunque sin estructura eclesiástica centralizada ni autoridad única. Se organiza en corrientes o casas con acentos doctrinales distintos.

¿Qué significan las rastas?

Son un signo religioso, no un peinado. Sus portadores lo vinculan a los pasajes bíblicos sobre el voto nazireo, que prescribía no cortar el cabello como señal de consagración, y a la afirmación de la identidad africana.

¿Qué significan los colores rastafari?

Proceden de la bandera etíope. El verde remite a la tierra y la fertilidad africana, el amarillo a la riqueza del continente y el rojo a la sangre derramada en la historia de la opresión; el negro alude al pueblo africano.

¿Qué relación hay entre el rastafarismo y el reggae?

El reggae, nacido en Jamaica en los años sesenta, fue el vehículo que difundió mundialmente el vocabulario, los símbolos y las reivindicaciones del movimiento. La UNESCO lo inscribió en 2018 en la Lista del patrimonio cultural inmaterial.